martes, 3 de julio de 2012

Terminé el bachillerato.

Cuando este año escolar comenzó las expectativas nos invadían a todas. Muchas cosas este año quedarían certificadas para toda la vida. El viernes desperté como cualquier otro día de colegio. Me miré al espejo mientras me cepillaba los dientes y por un instante me pregunte: ¿Sientes algo? Mi último día en el colegio había llegado. Pero no era realmente mi último día, ¿verdad? Aun seguiré yendo al colegio, tengo cosas que hacer allí. Tal vez sea mi último día usando el uniforme. Pero tampoco eso es cierto, aun me queda el acto de grado. Pero realmente era mi último día. Mi último día como alumna, en el salón que me acompañó durante un año, con el pupitre que me aguantó durante todo ese tiempo, con el timbre anunciando el receso, y con la cruz que nos acompañó en nuestro puesto durante los 5 años de mi bachillerato. Pero no lloro. ¿Saben? No siento nada. Nada. Hoy me voy a Margarita, con mis amigas. Con las amigas que posiblemente no vuelva a ver como antes. Aunque me lo niegen. Todo se acaba. Todo muere aquí.