Le contemplé anhelante. Llevaba aproximadamente más de diez minutos contemplando el libro al final de la estantería. No me movía, simplemente le contemplaba. Le anhelaba, le quería, le admiraba. Pero no debía comprarlo, el dinero debía ser para otra cosa. Otra cosa de la cual me había olvidado para venir a plantarme frente a la estantería a contemplarle.
De súbito, alcé la mirada, Allí frente a mí, a través de la estantería, entre los libros, había un par de ojos marrones contemplándome fijamente. No aparté la vista ni un segundo. Quedé como en trance mirándolos. ¿Acaso había expresado con palabras mi aprensión por el libro como para llamar la atención del joven que me miraba desde fuera del recinto de estanterías de libros? Estaba allí parado en la sección de materiales mirando a través de la estantería hasta mis ojos, hasta mis pensamientos, hasta mi alma. De pronto, tan repentinamente como había aparecido, se volvió a su izquierda y siguió caminando entre las estanterías de materiales. Me quedé mirándole fijamente, sin moverme, memorizando los pequeños rasgos que podía distinguir de su perfil, mientras se alejaba. Al cabo de unos minutos de soledad. Me agaché y tomé el libro entre mis manos, y salí disparada hasta la registradora a pocos pasos del recinto de estanterías de libros, dónde había estado hace unos segundos. Me dispuse a pagar mientras miraba a mi alrededor en busca del desconocido joven. No había pasado suficiente tiempo como para que se marchara, y si así fuera, desde mi sitio entre los libros debía haberlo visto salir. Le pregunté al único dependiente de la tienda por el joven. Y un tanto extrañado me contestó que yo había sido la única cliente en las últimas cuatro horas. Me entregó el libro, al cual abracé contra mi pecho y salí de allí.
No sentí miedo mientras salía de la tienda. No sentí horror al recordar los vívidos ojos marrones que me observaban. Simplemente sentí tristeza mientras me aferraba al libro, porque reconocía esos ojos.