miércoles, 16 de marzo de 2011

Una casa grande y vacia.


El órgano se posa allí, en silencio y sin hablar, lleva en ese lugar muchos años de vida y otros años de uso y alegría. Desde que él se fue ya no resuenan las paredes de la casa con la inmensa alegría musical de aquel gran aparato. Se quedo sin pianista y sin uso, tendido allí solo, viendo como los años se lo llevan al desastre y la destrucción. Y así también lo miran los cientos de objetos a su alrededor, que por el daño que los años hicieron en sus poseedores se han quedado sin uso y desolados. Y aquí entro yo a la historia, la pequeña nieta de dos ancianos que perdieron a un hijo músico y que los demás hijos partieron a vivir sus sueños. Aquí entro yo, la pequeña portadora de la guitarra y el lápiz, la que mira trastornada el daño de los años en la casa. Las mismas costumbres siguen entando allí. Los mismos objetos de una juventud olvidada. Los mismos sentimientos de dolor a la hora de la pérdida.
He mirado maravillada el mundo que dos jóvenes enamorados en los tiempos jóvenes del mundo y lo que a su paso hicieron en él. Los años atacan cruelmente a los individuos, y los llevan a la simplicidad de la vejez, y a su vez a la muerte.
En las tardes, la desolación ataca todos los rincones de la casa, la vuelve gris, fría y vacia, cada vez que sus habitantes desaparecen de ella. Y a pesar de que cuando regresan una luz singular ilumina distantemente el lugar con una pequeña alegría significativa, sigue estando vieja y decrépita. Cuando la capa negra llegue buscando a estos dos ancianos, el lugar morirá. Y lo poco que no tenía polvo sucumbirá ante la amenaza de los esclavos del tiempo, y así el paraíso de los jóvenes enamorados, el único recuerdo de su presencia en el mundo, morirá con ellos.

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