lunes, 2 de enero de 2012

Dear 2011, estimado 2012:
Ha pasado un año desde la última vez que coseché pensamientos sobre lo que pueda ocurrir en este nuevo año. He de decir tantas cosas de Ud., señor 2011 (y disculpe si la manera de expresarme le resulta extraña pero he terminado de leer un libro de época y entenderá Ud. lo mucho que esto me afecta). Nunca coseché muy buenas esperanza de Ud., 2011, simplemente deseaba que nada saliera mal y al despedirme de Ud., al verme llorar, entenderá que siento lo  mismo por su sucesor, pero también entenderá que tengo más deseos en éste que en Ud., discúlpeme tanto. Oh, podría sentarme a llorar todo lo que me entristece que haya ocurrido este año, pues lo despido con tristezas y dolor. Tantas perdidas valiosas, tantas lágrimas derramadas, tanto dolor inminente. Oh, ¡cuánto pude aprender de ti! A pesar de que no olvido muchas cosas, guardo mucho en mi mente lo necesario. Aunque no pueda sacarme del pensamiento, en cada pensamiento, a cierta persona sé que no caeré en drogas más poderosas que yo. ¡Cuánto anhelo el olvido! ¡Y cuánto anhelo el regreso de ciertas cosas! Ay, de mi alma, 2011. Hay cosas que nunca podré olvidar, que nunca podré borrar y que lloraré toda la vida. Sé, por favor, un abrazo en el recuerdo y un respiro de alivio. Oh, 2012, ¡qué zapatos tienes que llenar! Lloraría otra vez, porque soy débil, al pensar en mi querido por venir, en mis queridos miedos. Bendito sea el Dios que me mira desde el cielo, sólo Él conoce mis mas fuertes deseos, necesidades y miedos. Oh, 2011, ¡qué hueco me has dejado en el corazón! Y reí tanto, pero nunca como con su hermano el 2010, que me veo obligada a no mencionar. Oh, tantas sonrisas me viste esbozar y tantos sueño concebir. Oh, me apena que no te quedes a contemplarlos y te pido, con todo mi corazón, que me desees éxito en ellos. Por favor, toma y separa mis deseos de las uvas y mándaselos directamente a la mano de Dios. He pensado tanto en qué decirte que ya casi lo he olvidado todo. Debo reprocharte en cara esa despedida que me has hecho dar, nunca digna de ti. Me sentí tan sofocada, mi estimado señor, tan deseosa de huir; me sentía atrapada en algo de lo que no podría huir, que ciertamente es verdad. Mi familia nunca será lo que deseo que sea y nunca me dará lo que deseo que me dé. Pero qué más da, mi querido, es la cruz que me ha tocado y con la que acepto llevar, sólo por esos momentos que sé que valen, tan distantes una vez al año. Pero no ha sido tu culpa y me disculpo por reprochártelo. He roto tradiciones hoy con Ud., esta carta es realmente nueva, alégrese. Y en ella me recuerdo mis promesas, que yo misma me sabré acordar. Le lloro por esta despedida. Le amo inmensamente. Dios bendiga su viaje a mi memoria y no me permita borrarle. Siempre tuya.
Azucena.
01 de Enero de 2012. 1:14 a.m.

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