Debo admitir que lloré mientras escribía esta historia. Nacida de una inspiración inesperada. Una historia desde mi corazón para el mundo.
Cuando ellos me encontraron pensaron que habían llegado al paraíso. Lo que no sabían era que yo estaba a miles de kilometros de allí. Él no era aceptado por el paraíso ni por las gentes que vivían allí. Y cuando él desapareció decidí huir de mi hogar, ya que no significaba eso más para mí. Cuando me hallaba cerca de él, me hería como duele el paraíso, y no había dolor en mi felicidad. Pero sin él, mi hogar no era más que un dolor que me mataba. Y no me importó abandonarlo todo para sucumbir en el desierto. Cuando ellos me encontraron pensaron que habían llegado al paraíso. Y me dejé encarcelar pues ya nada me importaba. Pero el paraíso no estaba cerca y tal vez nunca lo encontrarían...
Él era perfecto, pero de una raza nunca aceptada en mi hogar. Lo conocí muy joven y en el mismo instante en que lo vi a los ojos, supe la guerra que se desataría en mi pueblo. Pero lo amaba de una manera incondicional. Y todo el mal que lo nuestro pudiera causar en aquel momento no me importó. Pero yo no sabía que terminaría tan mal. Nunca imaginé que moriría en mis manos y se llevaría mi alma con él. Quedé vagando sola entre la vida y la muerte. Sin él. Más de una vez, creí haber muerto; pues veía sus ojos grises frente a mí. Y su voz cortaba el viento en mis oídos. Pero no había muerto, eso lo descubrí cuando ellos aparecieron. El paraíso era la vida que todos los hombres buscaban, pocos supieron donde encontrarla. Mi amor, por ejemplo. Pero mi gente nativa no aceptaba a los hombres y los mataba sin compasión si alguno se acercaba a alguno de nosotros. Estos extraños no eran más que ladrones que nunca encontrarían algo aunque lo tuviesen ante sus narices. Y el sufrimiento que me hicieron pasar no valía nada ante la pérdida de mi amor. Había perdido casi todo cuando ellos me encontraron. Mis ojos ya no brillaban, mi rostro parecía el de un zombie, mis alas estaban casi muertas, la belleza que caracterizaba a un ángel se había esfumado, me veía gris no inmaculada. Ahora era humana, tras haber cruzado la linea había perdido todo lo mío y no era nadie. Mi nombre, el viento ya no lo cantaba como lo hacía antes en Primavera. Dios me miraba desde lo alto, muy triste. Me veía descender hasta el infierno. Y yo me quemaba constantemente al sol del desierto. La enfermedad nunca atacó a mi pueblo, pero ahora yo sucumbía ante ellas. En un tiempo lejano pude haber guiado a cualquier hombre a mi hogar, al paraíso. Pero ahora que moría sólo podía llevarlos al infierno, ya nunca podría regresar a mi hogar. Estaba perdida. Mis alas morirían pronto. Y el último indicio de mi antigua vida se iría. ¡Cuánto olvidaba mi presente, cuánto vivía en los recuerdos de mi pasado! Benditos los años con mi amado. Bendito mi Dios, que me hizo feliz. Tal vez debí seguir con Él, en mi hogar y no hacerlo triste con mi partida. Tal vez Él me habría ayudado a volver con mi amado, pues no había nada que odiara más que esas muertes vacías, y no hay nada imposible para Él. Oh, mi Dios cuánto lo amaba.
Los extraños me llevaban en una especie de carruaje, nunca igual a los de mi hogar. Atada en la oscuridad. Llena de morados. Muerta de hambre. Pero nada importaba. En aquel camino algunas veces alguien entraba en el pequeño lugar e intentaba hacerme hablar. Me hacían tomar agua. Y me azotaban, al ver que no respondía. Supongo que no encontraron más remedio que volver a lo que llamaban su hogar. Un pequeño conjunto de tiendas en medio del desierto. Donde había niños y mujeres. Pero no tenían mucha diferencia conmigo. También eran maltratados por aquellos hombres. Al principio pensé que eran familiares de aquel grupo de ladrones, hasta que noté cómo atacaban a algunos hombres y cómo separaban las familias para sacrificar a alguien. Terminé dándome cuenta que eran un pueblo encarcelado por los ladrones. También eran prisioneros del destino amargo. Sólo los de corazón puro eran dignos de encontrar el paraíso. Los extraños debieron escuchar aquella leyenda, y al encontrar la oportunidad de conocer a aquel pequeño pueblo lleno de gente dulce y humilde, y lleno de niños; pensaron que tendrían lo necesario para llegar a mi antiguo hogar. Y ahora aparecía yo ante su camino. Un ángel perdido.
Me tuvieron oculta del pueblo durante mucho tiempo hasta que al notar que no podrían hacerme hablar, decidieron mostrarme ante todos. El sol brillaba más fuerte aquel día. Me arrojaron fuera de la tienda donde me escondieron de todos desde el día que llegué. Muchos sonidos de asombro resonaron entre el aterrado pueblo, algunos maldijeron a los ladrones, muchas mujeres lloraron y los niños cerraron sus ojos. Un ángel de Dios, maltratado por hombres. La vista debió de ser horrible. Una criatura que supone ser la más hermosa de todas las creaciones, la más inmaculada; destruida ante los pies de los hijos de Dios. Una mujer se tiró al suelo, y gritó entre sollozos lo que se entendió por una suplica desesperada del perdón de Dios. Aquella mujer fue retirada entre forcejeos y arrastrada por el suelo, lejos de allí donde perdió su vida cruelmente. Un niño gritó y lloró al fondo de la pequeña multitud. Y un instante después estuvo de primero ante mí. El niño lloraba de dolor, ya que el hombre que lo había traído le estrangulaba el brazo pidiéndole que se callara, que su madre no volvería y que tenía que hablar conmigo para poder ser libre. Solté una lágrima. Aquel niño tenía los mismos ojos de mi amado. Grises y brillantes. Listos para dejar la niñez y aprender a amar. Él sin duda encontraría el paraíso. El niño se acercó, cautivado por mi lágrima y me pasó su pequeño dedo por la herida mejilla y recogió mi lágrima. La conservó en su dedo hasta que la gota cayó al suelo y con un pequeño resplandor se perdió en la arena. Todo se paralizó para mí. Y lloré en silencio mientras miles de lágrimas bajaban corriendo por mi mejilla. El niño se asustó y dio un paso atrás. El silencio invadió el circulo. El calor de la arena me quemaba los miembros. Entonces aparté la mirada del niño y pensé en mi amado. En su cabeza en mi regazo. En sus lágrimas. En su amor. El cielo fue gris aquel momento, gris manchado de rojo. Y mis lágrimas bañaron el rostros de mi amado sumido en el dolor y la agonía de la muerte. Mi amor moría. Y yo no lo entendía. Un mar rojo nos rodeaba. Y el mundo había dejado de girar. ¿Cómo pudo pasar? Acaricié su rostro con mi débil mano. Y me juró su amor eterno. Alzo su mano y tomo mi rostro y lo acercó al suyo sellando el último segundo de su vida con un beso eterno. El mundo permanecía igual de inmóvil en aquel momento en el desierto, mientras contemplaba el rostro del niño. Este ángel no podía hacer nada por él. Yo moría, y él moriría si yo no lo sacaba de allí. Y los ojos de mi amado quedarían perdidos para siempre. De repente un hombre me tomó del brazo y sin hacer esfuerzo me arrastró hasta la tienda. Yo veía como el niño se alejaba de mí. Y yo no quería eso. El hombre me arrojó dentro de la tienda y se dispuso a irse cuando hablé. Mi voz no era la misma, el peso de los años del desierto hablaban. Mi voz dulce y musical había desaparecido para ser sustituida por un hilo de voz quebrado. Le pedí que se detuviera. Que me trajera al niño. Y así, él los guiaría al paraíso. Los ojos del hombre brillaron de excitación, pero mantuvo su semblante serio. Y desapareció de la tienda. El niño sustituyó al hombre en un instante. Sus ojos brillaban de miedo, en su tostado rostro. Era perfecto, tan parecido a mi amado. Sonreí para que el niño no se sintiera intimidado. Su rostro no cambió, pero se sentó frente a mí. Me transporté a las tardes de Verano en mi hogar. Los árboles de oro llenos de frutos. Las flores en su punto perfecto. Y mi amado entre el paisaje. Su voz en mi cuello. Sus brazos en mi cintura. Mi felicidad desbordada. Perfecto. El niño suavizó su mirada y me habló en un idioma que nunca había escuchado. Pero lo entendí, al menos esa gracia aún no la había perdido. Supe desde aquel momento que tenía un discipulo al que no podría abandonar. Alguien a quien guiaría hasta mi hogar. Y al menos uno de los dos se salvaría de una muerte segura. Lo tomé de la mano y le dije que lo que a partir de ese momento él escuchara se convertiría en su salvación y en la liberación de mi alma. Y con un apretón quedó sellado mi destino.
El tiempo transcurrió sin que lo notara. Mientras el niño estaba conmigo era como revivir cada uno de mis recuerdos. Sus ojos, su tez, su voz. Me transportaban a mis años de felicidad. Y con el tiempo olvidé haber partido del paraíso. Mi tiempo se volcó y se transformó al tiempo de mis días de juventud. Donde lo que hoy era, mañana sería. Y lo que mañana sería, ayer fue. Tenerlo conmigo significo revivir a mi amado y a mi alma, a pesar de que seguía muriendo. Le enseñé todo lo que necesitaba saber. Y con el tiempo mi niño creció. Y ya estaba listo para huir. Sólo tenía que conseguir sacarlo de esta cárcel y así él podría seguir el horizonte durante siete días y así el camino que lo llevaría a mi hogar. Él lo sabía. Y cuando los ladrones partieron en busca de agua llegó nuestro momento de actuar. Lo miré a los ojos una vez más. Sujeté su rostro entre mis manos. Y le pedí a Dios que lo llevara con bien. El pueblo se iría con él. Sería el salvador de su pueblo y el salvador de mi alma. Me miró con tristeza, como un hijo cuando sabe que tiene que partir sin mirar atrás. Las palabras estaban de más y aún así soltó un corto gracias acompañado de una lágrima, la cual tomé tal cual como él hizo conmigo. Y el resplandor de ésta fue más brillante. Le tomé la mano como alguien que suplica y lo entendí todo cuando le dije que en cuanto viera lo que tanto había esperado ver no esperara mucho más, que no esperara la guerra, y la tomara como suya y se marchara lo más pronto posible. Donde ella esté estará tu paraíso. Y solté su mano y lo vi partir. Cuando ellos me encontraron pensaron que habían llegado al paraíso. Pero simplemente habían hallado su perdición...
Lo conocí muy joven y en el mismo instante en que lo vi a sus ojos grises, supe la guerra que se desataría en mi pueblo. Pero lo amaba de una manera incondicional. Y todo el mal que lo nuestro pudiera causar en aquel momento no me importó. Y menos en aquel momento, antes que la guerra se desatara, en que me propuso huir al desierto y vivir junto a él para siempre. Porque dónde él estuviera, estaría mi paraíso. Y así, tanto había luchado Dios para que pasara.
Los extraños me llevaban en una especie de carruaje, nunca igual a los de mi hogar. Atada en la oscuridad. Llena de morados. Muerta de hambre. Pero nada importaba. En aquel camino algunas veces alguien entraba en el pequeño lugar e intentaba hacerme hablar. Me hacían tomar agua. Y me azotaban, al ver que no respondía. Supongo que no encontraron más remedio que volver a lo que llamaban su hogar. Un pequeño conjunto de tiendas en medio del desierto. Donde había niños y mujeres. Pero no tenían mucha diferencia conmigo. También eran maltratados por aquellos hombres. Al principio pensé que eran familiares de aquel grupo de ladrones, hasta que noté cómo atacaban a algunos hombres y cómo separaban las familias para sacrificar a alguien. Terminé dándome cuenta que eran un pueblo encarcelado por los ladrones. También eran prisioneros del destino amargo. Sólo los de corazón puro eran dignos de encontrar el paraíso. Los extraños debieron escuchar aquella leyenda, y al encontrar la oportunidad de conocer a aquel pequeño pueblo lleno de gente dulce y humilde, y lleno de niños; pensaron que tendrían lo necesario para llegar a mi antiguo hogar. Y ahora aparecía yo ante su camino. Un ángel perdido.
Me tuvieron oculta del pueblo durante mucho tiempo hasta que al notar que no podrían hacerme hablar, decidieron mostrarme ante todos. El sol brillaba más fuerte aquel día. Me arrojaron fuera de la tienda donde me escondieron de todos desde el día que llegué. Muchos sonidos de asombro resonaron entre el aterrado pueblo, algunos maldijeron a los ladrones, muchas mujeres lloraron y los niños cerraron sus ojos. Un ángel de Dios, maltratado por hombres. La vista debió de ser horrible. Una criatura que supone ser la más hermosa de todas las creaciones, la más inmaculada; destruida ante los pies de los hijos de Dios. Una mujer se tiró al suelo, y gritó entre sollozos lo que se entendió por una suplica desesperada del perdón de Dios. Aquella mujer fue retirada entre forcejeos y arrastrada por el suelo, lejos de allí donde perdió su vida cruelmente. Un niño gritó y lloró al fondo de la pequeña multitud. Y un instante después estuvo de primero ante mí. El niño lloraba de dolor, ya que el hombre que lo había traído le estrangulaba el brazo pidiéndole que se callara, que su madre no volvería y que tenía que hablar conmigo para poder ser libre. Solté una lágrima. Aquel niño tenía los mismos ojos de mi amado. Grises y brillantes. Listos para dejar la niñez y aprender a amar. Él sin duda encontraría el paraíso. El niño se acercó, cautivado por mi lágrima y me pasó su pequeño dedo por la herida mejilla y recogió mi lágrima. La conservó en su dedo hasta que la gota cayó al suelo y con un pequeño resplandor se perdió en la arena. Todo se paralizó para mí. Y lloré en silencio mientras miles de lágrimas bajaban corriendo por mi mejilla. El niño se asustó y dio un paso atrás. El silencio invadió el circulo. El calor de la arena me quemaba los miembros. Entonces aparté la mirada del niño y pensé en mi amado. En su cabeza en mi regazo. En sus lágrimas. En su amor. El cielo fue gris aquel momento, gris manchado de rojo. Y mis lágrimas bañaron el rostros de mi amado sumido en el dolor y la agonía de la muerte. Mi amor moría. Y yo no lo entendía. Un mar rojo nos rodeaba. Y el mundo había dejado de girar. ¿Cómo pudo pasar? Acaricié su rostro con mi débil mano. Y me juró su amor eterno. Alzo su mano y tomo mi rostro y lo acercó al suyo sellando el último segundo de su vida con un beso eterno. El mundo permanecía igual de inmóvil en aquel momento en el desierto, mientras contemplaba el rostro del niño. Este ángel no podía hacer nada por él. Yo moría, y él moriría si yo no lo sacaba de allí. Y los ojos de mi amado quedarían perdidos para siempre. De repente un hombre me tomó del brazo y sin hacer esfuerzo me arrastró hasta la tienda. Yo veía como el niño se alejaba de mí. Y yo no quería eso. El hombre me arrojó dentro de la tienda y se dispuso a irse cuando hablé. Mi voz no era la misma, el peso de los años del desierto hablaban. Mi voz dulce y musical había desaparecido para ser sustituida por un hilo de voz quebrado. Le pedí que se detuviera. Que me trajera al niño. Y así, él los guiaría al paraíso. Los ojos del hombre brillaron de excitación, pero mantuvo su semblante serio. Y desapareció de la tienda. El niño sustituyó al hombre en un instante. Sus ojos brillaban de miedo, en su tostado rostro. Era perfecto, tan parecido a mi amado. Sonreí para que el niño no se sintiera intimidado. Su rostro no cambió, pero se sentó frente a mí. Me transporté a las tardes de Verano en mi hogar. Los árboles de oro llenos de frutos. Las flores en su punto perfecto. Y mi amado entre el paisaje. Su voz en mi cuello. Sus brazos en mi cintura. Mi felicidad desbordada. Perfecto. El niño suavizó su mirada y me habló en un idioma que nunca había escuchado. Pero lo entendí, al menos esa gracia aún no la había perdido. Supe desde aquel momento que tenía un discipulo al que no podría abandonar. Alguien a quien guiaría hasta mi hogar. Y al menos uno de los dos se salvaría de una muerte segura. Lo tomé de la mano y le dije que lo que a partir de ese momento él escuchara se convertiría en su salvación y en la liberación de mi alma. Y con un apretón quedó sellado mi destino.
El tiempo transcurrió sin que lo notara. Mientras el niño estaba conmigo era como revivir cada uno de mis recuerdos. Sus ojos, su tez, su voz. Me transportaban a mis años de felicidad. Y con el tiempo olvidé haber partido del paraíso. Mi tiempo se volcó y se transformó al tiempo de mis días de juventud. Donde lo que hoy era, mañana sería. Y lo que mañana sería, ayer fue. Tenerlo conmigo significo revivir a mi amado y a mi alma, a pesar de que seguía muriendo. Le enseñé todo lo que necesitaba saber. Y con el tiempo mi niño creció. Y ya estaba listo para huir. Sólo tenía que conseguir sacarlo de esta cárcel y así él podría seguir el horizonte durante siete días y así el camino que lo llevaría a mi hogar. Él lo sabía. Y cuando los ladrones partieron en busca de agua llegó nuestro momento de actuar. Lo miré a los ojos una vez más. Sujeté su rostro entre mis manos. Y le pedí a Dios que lo llevara con bien. El pueblo se iría con él. Sería el salvador de su pueblo y el salvador de mi alma. Me miró con tristeza, como un hijo cuando sabe que tiene que partir sin mirar atrás. Las palabras estaban de más y aún así soltó un corto gracias acompañado de una lágrima, la cual tomé tal cual como él hizo conmigo. Y el resplandor de ésta fue más brillante. Le tomé la mano como alguien que suplica y lo entendí todo cuando le dije que en cuanto viera lo que tanto había esperado ver no esperara mucho más, que no esperara la guerra, y la tomara como suya y se marchara lo más pronto posible. Donde ella esté estará tu paraíso. Y solté su mano y lo vi partir. Cuando ellos me encontraron pensaron que habían llegado al paraíso. Pero simplemente habían hallado su perdición...
Lo conocí muy joven y en el mismo instante en que lo vi a sus ojos grises, supe la guerra que se desataría en mi pueblo. Pero lo amaba de una manera incondicional. Y todo el mal que lo nuestro pudiera causar en aquel momento no me importó. Y menos en aquel momento, antes que la guerra se desatara, en que me propuso huir al desierto y vivir junto a él para siempre. Porque dónde él estuviera, estaría mi paraíso. Y así, tanto había luchado Dios para que pasara.
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