Me exprimes los cesos, y poco a poco oprimes más mi corazón. No te vayas por favor, quédate cerca, quédate a mi lado. Y aunque no pronuncies palabras. Y tus miradas se ahoguen. No te marches lejos de mi lado. Dios aparenta ser malvado. Me ubico en el tiempo y el espacio, y me concentro en lo real. Y ¡pam! Tan leal mi desengaño. Oh, Dios santo. Me inspiras lo que no es debido. Me tientas de una manera cruel e incontrolable. Porque es el brillo de tus ojos. Tus carcajadas de niño malo. Tu perfección estética. Y nunca creí ser capaz de fijarme en algo así. Mis ojos aborrecían las atrocidades humanas, los cuerpos excesivamente trabajados. Lo natural, lo débil, lo fulminante, siempre ha sido el captor de mi mirada. Pero tú, insondable ángel. Tú mi David de Miguel Angel; en extremo parecido, en extrema perfección. Si alguien ha de profanar mis ojos ese haz sido tú. Tus delicadas curvas, de las facciones de tu pecho. Y tan indiferente que era a la llamada carnal. No deberías haberte cruzado en mi camino. No es una linda cara lo que me ahoga, lo que me lleva hasta el fondo del mar. No es el cuerpo delineado por la perfección lo que me llama a gritos. No son siquiera los sentimientos dulces que pueda llegar a captar. Aunque no lo admita, eres tú. Mi leal jugador. Eres la cuna de mi condena. La salvación de mis amores pasados. La destrucción de los que me quieren. La ruina en botas de futbol. Yo no podré dar un paso. Todos notaran mis desvíos, mis embobamientos. Pero tú nunca sabrás nada. No sabrás cómo venir. Y yo no sabré como llegar. En vez de subir por la escalera que construyo, me oculto tras ella. Bendita mirada tuya. Los ojos que han despertado mi poder de atracción física. Atracción física, física atracción. La condena de mis pensamientos. La llave secreta de los sentimientos. ¡Oh, cuánto exprimes mis cesos en busca de una cura, y cuánto llegarás a oprimir mi corazón cuando la enfermedad me consuma!...
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