sábado, 27 de diciembre de 2014

27/12

Entonces hoy me saqué las muelas del juicio, sí, las cuatro. Un solo dolor. Un solo trauma. Y ahora a correr lejos del odontólogo. Sí, escogí unas fechas perfectas para hacerlo, lo sé. Pero yo no controlo mis muelas y cuándo deciden dolerme. Anyway. Ahí estaba yo en el consultorio de mi tío el odontólogo, temblando, sin saber si de frío o de miedo. Con mis músculos tensos, tratando de recordarme a mí misma de en cuanto en cuanto a relajarme y decirme todo está bien. No hay dolor. Solo el insoportable ruido, que se caló en mi memoria y justo ahora mientras escribo vuelve y bueno, me da dolor. La cuestión importante de esta entrada, es que ahí en medio del dolor cada vez que cerraba mis ojos para evitar ver la luz de la lámpara (y suplicar que terminara pronto, tanto operación como dolor posterior) aprecía la insufrible voz de mis pesadillas. El maldito rostro burlón que me tortura. ¿Recuerdas la voz? La que me tortura, la que me hace pensar que no soy normal. Ahí estaba, en el momento menos oportuno, con un bisturí en la boca y junto a dos personas que jamás entenderían mi locura. No importa que intentara pensar en algo diferente, pues aunque lo lograra, eso seguía ahí mirandome y burlándose como en segundo plano. De alguna u otra forma lo logré. Abrí mis ojos y decidí ver los objetos traumáticos entrar en mi boca que sucumbir a su maldita voz y su maldita risa.

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